lunes, 13 de abril de 2009

El Escorial

La sección Paraísos de Madrid de la Revista Escolar Siringa se permite hoy hacerse eco de las citas que apuntan al entorno de EL Escorial como uno de los paisajes importantes de los que forman parte del Patrimonio Cultural de la Humanidad. Por lo tanto, nos sumamos a la recomendación universal de visitarlo.
Ubicado en plena Sierra del Guadarrama, casi a tiro de piedra de Madrid, no es el austero y exclusivo conjunto monumental del célebre Monasterio el único espacio ideal que lo conforma, sino que aquel se sitúa entre el llamado antiguamente “Buen Monte del Oso”, hoy monte de Abantos, por la abundancia de especies avícolas que lo habitaban no hace tanto, especialmente los buitres, que culmina en el puerto de Malagón y la dehesa de La Herrería, que en conjunto componen este paraje ideal.

El emplazamiento físico del monasterio en las laderas bajas del monte Abantos fue elegido por Felipe II en el año 1562, encargándose del diseño de los proyectos iniciales y de la construcción posterior dos ilustres arquitectos de la época como fueron Juan Bautista de Toledo y Juan de Herrera, este último, autor de numerosas obras en la corte madrileña del siglo XVI que lo culminó alrededor de veinte años después.
Indiscutiblemente, el Monasterio de El Escorial desempeño y aún hoy desempeña tres funciones esenciales, fue el centro de poder político del imperio español, aquel en el que nunca se ponía el Sol; fue y es un importante centro monumental y cultural del mundo civilizado y, por último, constituyó y constituye aún el panteón de los reyes de España hasta la actualidad, con alguna excepción como las de Felipe V y Fernando VI, enterrados por distintos avatares en otros lugares.
Las obras de arte que atesora pertenecen a los mejores artistas del momento y a otros posteriores en el tiempo. Así, la pintura no sólo recoge la de los más ilustres autores italianos de la época, sino también otras de los celebérrimos Lucas Giordano, el Bosco, el Greco, o Velázquez,…; además de otros posteriores del siglo XIX español. En la escultura merece destacarse alguna obra excepcional como las del polifacético Bernini o Cellini.
La segunda joya del paisaje la conforma el monte Abantos, que desde el punto de vista ecológico es un ejemplo de la perfecta distribución en altitud de la vegetación, adaptada a las condiciones físico-químicas ambientales, y que va desde los encinares y robledales en los pisos más bajos pasando por los extensos pinares en las altitudes medias-altas, algunos autóctonos, otros, la mayoría, de repoblación, hasta la vegetación de porte bajo, rastrera, específicamente adaptada a las condiciones climáticas de las cumbres. La fauna que los bosques de Abantos albergan es variada, tanto en invertebrados como de vertebrados, con alguna especie endémica. En definitiva, ecosistemas peculiares de valor infinito que precisan de un cuidado exquisito.
La dehesa de las Ferrerías de Fuentelámparas o bosque de la Herrería, constituye también un buen lugar para continuar observando la diversidad vegetal de la Comunidad de Madrid, ahora en sus pisos serranos más bajos. En ella abundan árboles elegantes como los arces de Montpellier, algunos espectaculares junto a la famosa silla de Felipe II, tilos, cerezos, melojos, castaños, avellanos, etcétera; un estrato arbustivo, con abundantes especies como la madreselva, los madroños, emblemáticos de la Comunidad, los enebros, endrinos, retama en sus dos variedades, la blanca y la negra distribuidos en otro herbáceo de verdes intensos en épocas oportunas.

En la dehesa de la Herrería se encuentra la silla de Felipe II, construida en un privilegiado altozano granítico a los pies de las crestas de las Machotas, desde donde según la tradición popular el monarca observaba el avance de sus magnas y reales obras; o también quizás sea, como se apunta, un complejo de altares celtibéricos, aras desde donde se hacían ofrendas a los dioses de los primitivos pobladores hispánicos. Sin duda, esta segunda opción es mucho más sugerente por sus connotaciones mágicas y exotéricas que la del simple puesto de oteo y esparcimiento real.
Por todo ello, desde Siringa proponemos este lugar como uno de los paraísos de Madrid para que el visitante descubra personalmente las bellezas que adornan el espacio común madrileño.

viernes, 27 de febrero de 2009

El Puente de la Mocha

Nos acercamos en esta ocasión al suroeste de la Comunidad; a una zona de encrucijadas serranas, donde confluyen la del Guadarrama, madrileña de adopción, y la parte más oriental de la de Gredos en la vecina Ávila; para presentar otro entorno ideal con un paisaje idílico en el que destacan algunos elementos que lo conforman.
Así, la topografía, relativamente abrupta y escarpada, en su aparente desestructura, obliga al río principal, el Cofío, abulense de nacimiento en la sierra de Malagón y a 1722 m de altitud en el término de Peguerinos, a entrar en nuestra Comunidad por Santa María de la Alameda, para volver circunstancialmente a salir divagando entre gargantas a su tierra de origen en Ávila y retornar definitivamente a Madrid, donde termina su periplo al desembocar en el Alberche a la altura del embalse de San Juan.
En el entorno destacan otros elementos naturales como los extensos pinares que cubren las vertientes y los bosques de ribera que delimitan los ríos y arroyos de la zona, donde se encuentran chopos, fresnos, álamos, sauces y alisos, que sirven de cobijo a toda una gama de fauna avícola complementada por la abundante terrícola y la apreciada fluvial. Y las antiguas infraestructuras que lo cruzan, entre las que destaca el relativamente conocido Puente de la Mocha, a la que se hace referencia en el título, una construcción que sin ser, al parecer, lo que el pueblo dice que es, un puente romano o puente de los Cinco Ojos, no deja de tener un encanto especial.

Al parecer, el puente es una construcción con un origen controvertido. Posiblemente bajo medieval como parece atestiguar la construcción de las bóvedas en degradación que le dan el perfil de lomo de asno, típico de las construcciones medievales. Quizás renacentista, ligado a la colonización cristiana durante la Reconquista de las tierras castellanas. Construido para salvar en dirección este oeste el río y dar servicio maderero de los excelentes pinares de donde se extraía el recurso al monasterio de El Escorial. O, como dice la imaginería popular, romano, remodelado con posterioridad.
El nombre popular de puente de los Cinco Ojos tampoco le hace justicia puesto que no dispone más que de cuatro arcadas de medio punto y dos vanos de losas planas sobre el cauce, todo él en sillería de granito, como no podría ser de otra forma teniendo en cuenta la naturaleza del substrato.
La posibilidad de visitar este paraje y el monumento que lo adornan se ofrece en una marcha de alrededor de cuatro kilómetros desde el mismo pueblo de Valdemaqueda; un paseo asequible al estado físico de cualquier persona con un grado de dificultad mínimo. Sin embargo Siringa, como en todos los demás casos, recomienda “una visita sin huella” que permita conservar y mantener el entorno tal y como estaba al menos hace más de seiscientos años.

miércoles, 24 de diciembre de 2008

Por la Alcarria Madrileña.

Que Madrid es un lugar de encuentro de gentes, culturas, pueblos, un crisol donde se funden todas ellas hasta conseguir que nadie se sienta extraño, no puede ponerse en duda. De Madrid al cielo dice el dicho, eso sí a toda velocidad. Hoy traemos a Paraísos de Madrid y como muestra de esta hibridación perfecta, un pueblo navarro, aunque paradójicamente está situado en el Corredor del Henares, en la Alcarria madrileña o alcalaína, en el sureste de la Comunidad. Y no porque de una forma mágica podamos hacer un traslado vertiginoso desde su territorio ancestral hasta aquí, sino porque fue un navarro el que dejo en el paisaje madrileño una muestra evocadora de su valle original. Como alguno ya habrá adivinado se trata de Nuevo Baztán.
Fundado en 1709, fue diseñado y construido por la mano maestra del arquitecto Dº José Benito de Churriguera, creador de un estilo propio (el churrigueresco), un barroco genuino hispano. Levantado en medio del páramo madrileño en terrenos pertenecientes en el siglo XVIII al pueblo vecino de Olmeda de las Fuentes (antes de las Cebollas), por orden de Dº Juan de Goyeneche, un activo personaje de múltiples ocupaciones, y sobre todo de ideas vanguardistas, originario del valle de Baztán, que pretendía abrir en el pueblo, habitado esencialmente por artesanos, y en la ruta Alcalá Toledo, una serie de industrias múltiples entre las que destacarían las del vidrio y la cerámica, de sombrerería, de pieles y telares, sin olvidar el aprovechamiento agrario de los campos del entorno para lo que ordenó las correspondientes plantaciones olivareras y de vides que hicieran rentable la agricultura en una época marcada por el ocaso generalizado del país.
Si la Iglesia dedicada a San Francisco Javier y el palacio adjunto son las muestras representativas de este peculiar paisaje urbano, tampoco debe dejarse de visitar el entorno natural. Nuevo Baztán está situado en plena Alcarria madrileña, lo que es lo mismo que decir en una sucesión continua de morfologías peculiares del terreno, constituidas por los páramos o parameras más altos y las vegas más bajas de los ríos de la zona, caso del Henares, Tajuña o Jarama o sus afluentes, unidas ambas por las laderas en pendiente.
La toponimia de la zona en algunos casos da pistas sobre otros elementos destacados del paisaje. Así, las olmedas; desarrolladas en el contacto litológico entre la codiciada caliza de los páramos para la explotación canterable y las rocas más blandas e impermeables de las unidades litológicas situadas por debajo, las margas y los yesos; y las surgencias de agua en fuentes naturales, son un ejemplo a tener en cuenta.

El entorno alberga, junto a la vegetación típica seudoesteparia de los páramos, árboles y arbustos diversos como los: quejidos, chaparros, álamos, chopos, además de las citadas olmedas, que dan cobijo a una fauna variada entre la que destacan grandes grupos de vertebrados, como: conejos, liebres, jabalíes, así como diversas especies de aves, muchas de ellas en peligro de extinción, como son los sisones, perdices y codornices, águilas perdiceras e incluso reales, halcones peregrinos... . En cualquier caso Siringa recomienda este pequeño paraíso, sobre todo si se quiere encontrar un espacio de sosiego alejado de la vertiginosa vida de la capital, tan próxima.

martes, 9 de diciembre de 2008

Las maravillas del valle de la Fuenfría


Posiblemente uno de los valles con mayor encanto de la Comunidad de Madrid sea el de la Fuenfría. Por su longitud, (6 Km.), su anchura, (2,5 Km.) y su disposición entre crestas en dirección norte sur de forma perpendicular a la Sierra de Guadarrama, hace presumir su encanto natural, aunque tampoco carece de otros valores de carácter histórico.
El propio valle ha sido una encrucijada de caminos desde tiempos inmemoriales, posiblemente incluso desde antes de la presencia de las legiones y ciudadanos romanos en la zona. Culmina con el puerto del mismo nombre que constituye la frontera natural entre la provincia de Madrid y la vecina Segovia. Está limitado en ambos flancos por alturas considerables, algunas por encima de los 2000 metros de altitud, caso de la alineación más famosa de la zona, la de los Siete Picos, (2138 m el mayor de ellos).
La belleza del valle desde todos los puntos de vista, ya sean históricos; con algunos tramos perfectamente conservados de calzada romana y sus correspondientes puentes sobre el arroyo principal de la zona de idéntica época; o naturales, con la presencia de un bosque espectacular con notables poblaciones de árboles y arbustos que es preciso destacar a la vez que contemplar donde se cobijan numerosas especies de animales, lo que le permite ser uno de los predilectos para los visitantes a pie o en bicicleta de montaña, afortunadamente los únicos medios posibles de acercarse a él en toda su extensión.

El acceso hasta las Dehesas de Cercedilla, convertido en lugar de descanso multitudinario es extremadamente fácil para los vehículos a motor y, por tanto, peligroso para la propia conservación del entorno. Desde allí, sale el primer regalo para el caminante, la célebre calzada romana de Cercedilla, así como la conocida carretera de la República, convertidas ambas en las vías de acceso al puerto de la Fuenfría, una y otra tienen distintos grados de dificultad, mucho mayor en los tramos más empinados de la calzada.
Esta construcción es una de las mejores muestras de red viaria de este tipo que se conserva en la Península Ibérica. Su “statumen”, el “rudus” y la “summa crusta” o capa de rodadura está perfectamente conservada. Construida en el siglo I d. C en este tramo tiene una longitud aproximada de unos 2,5 Km., visible de forma discontinua a lo largo del arroyo de la Venta desde su nacimiento en el puerto hasta la carretera de las Dehesas que posiblemente oculte algunos tramos significativos.
Aún está por establecer por qué ciudades pasaba y que puntos unía al no ponerse de acuerdo los distintos autores especialistas en el tema. Lo que si parece evidente es que el territorio carpetano, llamado así por los romanos y hoy ocupado por la Comunidad madrileña, debía ser centro de operaciones y comunicaciones entre las diferentes ciudades de la Hispania Imperial, ya sea en la ruta diagonal Caesaraugusta-Emérita o en la norte sur entre la Astúrica y Córdoba, entre las que deberían encontrarse las tres ciudades que aparecen citadas en los textos clásicos, alguna de difícil ubicación actual, caso de Miaccum y Titulciam, otra de posición reconocida universalmente como Complutum, tanto en la época romana, como en las sucesivas.
De no ascender hacia las cumbres por la calzada romana es posible hacerlo por la carretera de la República, hasta alcanzar los Miradores de los Poetas, en referencia a M. Aleixandre y L. Rosales, asiduos visitantes de la zona, y desde donde no se sabe que es mejor, si que el día este despejado para otear completamente el valle en toda su extensión o que la condensación forme un mar de nubes en él a nuestros pies en sus partes bajas, mientras que el observador queda por encima, en cielos despejados; en cualquiera de los dos casos el espectáculo visual está garantizado.

Después de descansar y reanudar el camino, es obligatorio pasar sucesivamente por el Reloj de Cela, la pradera de Navarrulaque para ir ascendiendo hacia el puerto de la Fuenfría haciendo una parada especial en la llamada Ducha de los Alemanes, en el arroyo de la Navazuela, un pequeño salto no tan espectacular en altura como bello en el paisaje, para una vez alcanzado el collado, continuar bien por la izquierda hacia la Fuente de la Reina y el valle de la Acebeda o las conocidas “siete revueltas” del Puerto de Navacerrada, o por la Fuente Herreros e iniciar el camino Smichd que a través de un bosque denso al norte del Collado Ventoso, los Siete Picos y el Telégrafo, que nos irá aproximando al puerto de Navacerrada.

El bosque de pino silvestre es el característico de todo el valle, hasta enlazar, en su momento con el de Valsaín. Aunque la floresta también permite la presencia de otros árboles de hoja caduca, sobre todo en el arroyo de la Venta que es el que sigue primordialmente la calzada y en las zonas más bajas del valle, para culminar en las crestas más altas con las praderas de matorral de alta montaña.
Perdida definitivamente la fauna carnívora representada en su momento por el lobo, el oso o los linces, aún son posibles ver en la zona otras especies protegidas como los buitres negros, las águilas imperiales, así como la célebre Graellsia isabellae, una mariposa nocturna de excepcional belleza, característica de los sistemas orográficos como el madrileño, donde constituye uno de los endemismos típicos.

viernes, 21 de noviembre de 2008

Campos de Aranjuez

Habitualmente, las referencias paisajísticas que se suelen hacer a los sitios emblemáticos de cualquier lugar del globo tienen como principales protagonistas a los bosques frondosos, ya sean perennifolios, caducifolios o mediterráneos (si hablamos de parajes generales de la península ibérica). Aderezado con un sotobosque no menos tupido con arbustos típicos perfectamente adaptados a la zona que se considere, ya sean helechos, jaras, zarzas, … .
En nuestro espacio Paraísos de Madrid también se han sacado algunos de estos sitios con esas peculiaridades; válganos como muestra algunos de los puntos seleccionados hasta la fecha. Sin embargo, hoy nos vamos a acercar a un paraje que por insólito no suele salir en las preferencias de la gente, pero que indiscutiblemente también tiene su encanto. Nos referimos a las zonas septentrionales de la Comunidad de Madrid, en las proximidades de las vegas atravesadas por el río Tajo, próximo a Aranjuez, en el camino natural hacia la ciudad imperial de Toledo.
Como puede observarse, no se trata de una zona boscosa donde predominen, robledales, saucedas, encinares o pinares, ni siquiera arbustos exuberantes, sino únicamente matorrales de unos tipos característicos, como son los orgazales, en ocasiones los ontinares, espartales y los albardines entre otras plantas peculiares por lo exóticas perfectamente adaptadas a unas condiciones ecológicas extremas donde se imposibilita la presencia de otras quizás más espectaculares. Todas ellas típicas del denominado piso mesomediterráneo, de ombrotipo climático calificado como semiárido.

El conjunto de las plantas dominantes citadas son originarias, en su mayoría, del mediterráneo oriental, habiendo migrado hacia el oeste hasta llegar aquí donde han encontrado un espacio suficiente para colonizar terrenos con unas características especiales en cuanto a su composición.
Crecen próximas a campos de cultivos permanentes o abandonados, fuertemente antropizados que impiden el desarrollo de otras plantas más sofisticadas, que aprovechan para medrar en los suelos salinos de naturaleza yesífera y nitrosa de la zona con un cierto grado de inundación gracias a la formación de cuencas endorreicas de dimensiones más o menos reducidas en rocas de edad cenozoica.
En definitiva, se trata de plantas capaces de colonizar hábitat inhóspitos para la vida vegetal en general, que se encuentran en equilibrio inestable y son muy susceptible a los cambios, por lo que se hace también prioritaria su conservación. Forman conjuntos abiertos entre cuyos claros se ubican otras especies xerofíticas, así como arbustos pequeños del tipo del romero y del tomillo, sin lugar a dudas, con una belleza innegable que reclamaba por derecho propio su aparición en nuestra página de Siringa.

domingo, 26 de octubre de 2008

El Valle del Lozoya.

Paraísos de Madrid recomienda hoy uno de los espacios más visitado del territorio madrileño a lo largo del tiempo como es el Valle de Lozoya. La constancia más antigua de la presencia de “madrileños” en él data de, al menos, 63.400 años, durante el periodo prehistórico denominado Paleolítico medio, al haberse encontrado en Pinilla del Valle y en un abrigo de un paleocauce fluvial restos fósiles, concretamente dos molares, pertenecientes a un Homo de Neanderthal que junto con huellas de hogares y restos de utensilios empleados por este grupo de homínidos nos indica que estos cazadores intrépidos se habían percatado en aquel momento de las excelencias del paisaje y de las posibilidades de subsistencia que les ofrecía la zona, sobre todo en carne fresca de gamo, uro, (bóvido con cierta semejanza al toro), rinocerontes, ciervos, en competencia directa con los osos y las hienas, cuyos huesos también parecen abundar en el mismo yacimiento.
El valle del Lozoya, de unos veinticinco kilómetros de longitud y seis de ancho, es íntegramente madrileño. Está enclavado en pleno Sistema Central, una cadena orogénica constituida por rocas antiguas de composiciones diversas y de edad paleozoica deformadas intensamente por la orogenia Varisca que fueron reactivadas con posterioridad por los movimientos alpinos, ya en el Terciario avanzado.
Estructuralmente, el valle y las dos principales alineaciones montañosas de dirección suroeste noreste que lo limitan constituyen una serie de bloques levantados y hundidos limitados por fallas. Somosierra al norte y la Cabeza de Hierro al sur, son las elevaciones (pop-ups, en la literatura geológica), mientras que el valle en sí se corresponde con un bloque hundido entre los anteriores (pop-down). Incluso los profanos en la materia pueden percibir estos hechos al hacer una observación en el sentido longitudinal del valle.


La geomorfología de la zona no puede ser más variada, desde la derivada de la actuación del hielo y las nieves en las líneas de cumbres, con fenómenos de glaciarismo en el Alto Valle, (Circo y Laguna de Peñalara, recogidos en otro apartado de este blog) y periglaciarismo generalizado en el resto, dan paso a laderas y fondos de valle ocupadas por vegas, rellenas por sedimentos acarreados por los conos de deyección y los glacis de acumulación desde las laderas.
Si el valle del Lozoya es geológicamente interesante, su biodiversidad podría considerarse también como espléndida. La vegetación se dispone en las laderas de acuerdo con la distribución altitudinal característica, de manera que el ascenso desde las partes bajas del valle por cualquiera de las carreteras que nos llevan a la vecina provincia segoviana al norte (Puerto de Navafría) o hacia Miraflores de la Sierra al sur, (Puertos de Canencia y la Morcuera), permite observación de los distintos pisos de vegetación adaptada a las condiciones climáticas y orográficas del área.
Desde las vegas, donde abundan los chopos, álamos, sauces en los bosques de ribera de los numerosos ríos y arroyos de la zona; y las fresnedas adehesadas, entre los sotos y los pastizales, puede diferenciarse a medida que se asciende, el denominado piso de vegetación mesomediterráneo constituido por el encinar, que progresivamente da paso al piso llamado supramediterráneo conformado por los rebollos o melojos, el robledal típico, que alberga en su interior abundante pino de repoblación, abedulares, serbales aislados, tejos y acebos. Culminando en las zonas más altas con el piso oromediterráneo de piornal, enebro rastrero entre otros arbustos que comparten espacio aquí con pinares autóctonos, y ya en las cumbres con las praderas adaptadas de las condiciones nivales más extremas.

Describir la biodiversidad de fauna haría exhaustiva la lista, valga con recoger a modo de cita la presencia de grandes y pequeños mamíferos, como el corzo, el gamo, el jabalí, el zorro o las ginetas; de aves predadoras surcando los cielos a cualquier hora del día como el majestuoso buitre o los halcones peregrinos, u otras más o menos visibles alegrando el paraje desde los árboles con sus cantos específicos en sinfonías interminables. Anfibios y reptiles esquivos junto con otros invertebrados no menos bellos completan el cuadro.
En definitiva, una recomendación de visita a la naturaleza y a los pueblos del entorno que no puede dejar de hacerse, eso sí, de acuerdo con las elementales normas de comportamiento y respeto que desde Siringa siempre se preconiza.

lunes, 8 de septiembre de 2008

Valle de La Barranca.

Volvemos a la naturaleza más rotunda de la Comunidad de Madrid, para traer al espacio de Paraísos otro paisaje excepcional como es el valle de La Barranca; una zona reservada dentro del Parque Regional de la Cuenca Alta del Manzanares, al pie mismo de los altos de Las Guarramillas y de La Maliciosa.
Gran número de excursionistas, senderistas de hecho e incluso deportistas se acercan a él sin dificultades desde el pueblo de Navacerrada buscando como referencia orientadora el hotel del mismo nombre o la conocida escuela de hostelería, instalada en un edificio anexo del antiguo hospital de disminuidos psíquicos hoy demolido, que a su vez estuvo dedicado antes a la curación de los enfermos de tuberculosis, sin duda gracias a la pureza de los aires que se respiran en la Sierra; y como objetivos por cumplir, encontrar la tranquilidad de sus espacios, el sosiego relajante; los senderos que hacen camino o las abruptas pendientes del “kilómetro vertical de la Barranca” para entrenar músculos y poner a punto el corazón ante futuras competiciones.
El ascenso por el valle se realiza entre una arboleda en continua transición compuesta esencialmente por encinas, rebollos, robles, pinos silvestres, albar o pinos de Valsaín, estos últimos en las zonas más altas antes de llegar a las crestas. Majestuosos en su porte, de tallos asalmonados cuando pierden naturalmente su corteza, forman un tupido bosque de repoblación/explotación con la suficiente umbría como para no pasar calor en el intento de marcha rápida ni siquiera en las épocas del estío más acusado, y con los claros necesarios para solearse lo preciso en un ambiente húmedo aportado no solo por las plantas sino también por las dos presas sucesivas instaladas sobre el río Navacerrada, que antes, en su cabecera, cerca del cordal fue arroyo, el de la Peña Cabrita encajado en su garganta, la del Infierno, y después, aguas abajo, el Samburiel, antes verter sus aguas al Manzanares ya en el Real pueblo.

Los helechos, los arbustos espinosos y pringosos como el rosal silvestre, las zarzas, el tomillo, el romero, la jara,… , además de herbáceas autóctonas caso del azafrán serrano y la gayuba, esta última con múltiples aplicaciones ecológicas e incluso médicas, ya que sus estructuras constituyen un eficaz paraguas contra el impacto violento de la lluvia, es una fuente especial de abono nitrogenado, posee una capacidad de absorción del agua de escorrentía superficial que la convierte en un protector ideal del suelo edafológico frente a la erosión activa y de la que, para colmo, se extraen los principios inmediatos necesarios para la curación o alivio de infecciones urológicas clásicas, caso de la cistitis y de la uretritis, ¡hay quién de más por menos, en los alrededores!.
Todos ellos y muchos más, constituyen el “cortejo vegetal”, el sotobosque y el tapiz superficial del valle, encajado entre los collados que apuntan hacia las cimas que lo cierran al poniente, como las del cordal de las Cabrillas, con la Peña Horcón, Emburriaderos y el col de la Cabrita, mientras que la Bola del Mundo, las Guarramillas y la Maliciosa lo hacen a levante; antes de dar paso a una vegetación típica de alta montaña, adaptada a unas condiciones climáticas extremas, como los piornales, los enebros rastreros, los herbazales de altura y los cervunales, de escaso desarrollo vertical, situados a pocos centímetros sobre un suelo más o menos pelado, descarnado por efectos de una gelifracción intensa en los crudos inviernos, actuando sobre un sustrato con huellas de morfología glaciar mucho más antigua.
En un paisaje como este no es de extrañar la presencia de jabalíes, rebecos, cabras montesas y otros herbívoros, otra cosa es su visualización; ni el vuelo majestuoso de grandes pájaros como los buitres leonados o la cada vez más escasa águila imperial, oteando desde las alturas sus posibles fuentes de comida, todos ellos entre una cohorte de alados negros próximos al suelo, de graznidos estridentes, cuervos, cornejas, grajas. Ardillas saltarinas o reptiles a la caza del rayo activador, entre un sin fin de invertebrados completan el espectáculo visual, al que deben acercarse, como recomendación reiterada, con la sana intención de integrarse en él, no de constituirse en su pieza negativa destacada.

(Imagen superior tomada de www.sistemacentral.net/foro/viewtopic.php?t=3...)