miércoles, 23 de julio de 2008

LAGUNA DE SAN JUAN.

Paraísos de Madrid retorna de nuevo al Sur de la Comunidad, para mostrar en esta ocasión otro paraje protegido, en este caso de nuevo acuático, un humedal como otros que abundan en la zona. La Laguna de San Juan. Una lámina de agua de 40 ha de extensión superficial, con forma triangular distribuida en un doble espacio separado por un dique; su profundidad oscila entre los 70 cm y los dos metros, estos últimos en los canales de drenaje centrales de la laguna. Situada en la margen derecha del río Tajuña antes de su confluencia con el Jarama, a una legua escasa de distancia de dos de las localidades importantes del lugar, Titulcia y Chinchón.
La masa de agua proviene del acuífero de la vega del río, de los aportes que pueden llegar por la escorrentía superficial e incluso, en su tiempo, de los del propio río Tajuña en sus épocas de avenida. Dada su fragilidad estacional, que la hacía desaparecer antaño en las épocas de estiaje, y gracias, en este caso a la actividad humana que ha drenado el terreno para permitir el afloramiento del agua en este espacio semi endorreico con una salida en uno de sus extremos, se ha recuperado el lugar para los humedales, estando protegido desde el año 1991 por la legislación ambiental madrileña.

La propia vega del río es en sí misma de una belleza singular; es aprovechada con fines agrícolas por numerosos campos de cultivo de maíz, ajos, judías, hortalizas y cereales, y está orlada por una sucesión de chopos, fresnos, olmos, tarays y sauces; que junto con los carrizos y juncales, que rodean y se adentran en la propia laguna, constituyen la vegetación dominante en la zona y que hacen, en ocasiones, invisible al agua, incluso desde la misma orilla. Por eso, es recomendable su observación a una determinada altura sobre sus riberas desde cualquiera de los promontorios próximos.
El valor ecológico de la Laguna de San Juan, viene determinado por ser un espacio ideal para el descanso y la nidificación de aves acuáticas, tanto de paso como autóctonas, de las que merece destacarse entre otras a la cigüeñuela, la garza real, la focha común y distintas clases de ánades.
Es posible la observación de rapaces, como el aguilucho lagunero, los halcones peregrinos, o el alimoche. No pueden olvidarse tampoco las aves de praderas cerealistas como la majestuosa avutarda aventurada en espacios ajenos desde las estepas próximas; los alcaravanes, estorninos…, asociados al arbolado del lugar.
Los peces se desarrollan en la charca al parecer sin aparentes limitaciones, siendo típicos de ella el barbo y la carpa, mientras que en las riberas son frecuentes los anfibios como las ranas, los sapos; los reptiles y los numerosos quelonios. E íntimamente ligados a ella, también son comunes los mamíferos del tipo de los jabalíes, los zorros, … .

Los cantiles arcillo-yesíferos con cortados verticales que limitan la vega del Tajuña y la Laguna de San Juan constituyen el asiento perfecto para una fortaleza singular, el castillo de Casasola, que se erige en vigía intemporal de estos campos. Construido por un hidalgo de Castilla, Dº Juan de Contreras, en el siglo XV adaptándose geométricamente a la superficie disponible, de ahí su forma irregular, tenía como objetivo esencial el de constituirse en un dominio señorial en el momento y, más tarde, de indiscutible valor estratégico para la época, lo que supuso no pocas desavenencias con las autoridades locales de Chinchón.
El estudio ecológico del entorno de la Laguna de San Juan, junto con el histórico artístico derivado de las localidades más próximas, permite a Siringa la recomendación de una visita de acuerdo siempre con las normas de conservación que tan extraordinario lugar merece.

domingo, 22 de junio de 2008

LA PEDRIZA.

En Paraísos de Madrid saltamos de nuevo a la zona meridional de la Comunidad para considerar en esta ocasión uno de los lugares con mayor encanto de Madrid entre la inmensidad de posibilidades que esta provincia ofrece. Es la Pedriza. Situada en las proximidades del pueblo de Manzanares el Real forma parte del Parque Regional de la Cuenca Alta del río Manzanares, declarado por la UNESCO como Reserva de la Biosfera en el año 1992.
El paraje ubicado en la Sierra del Guadarrama está constituido por rocas ígneas plutónicas mayoritarias del tipo del granito junto con otras metamórficas, los gneises, de edad paleozoica; ambas formadas en el interior de la Tierra aunque por procesos diferentes, magmáticos las primeras y de transformación a alta presión y temperatura de otras rocas preexistentes las segundas, que al aparecer en la superficie por los fenómenos tectónicos alpinos posteriores a su génesis y los erosivos más recientes aún han experimentado un proceso de diaclasado intenso que ha sido aprovechado por la erosión para canalizar en él su fuerza destructora y modeladora (en bolos) hasta conseguir en el entorno unas geoformas caprichosas capaces de sugerir en el observador las más inverosímiles y fantasmagóricas figuras.
Algunas de las visiones del visitante primitivo que desde los tiempos paleolíticos hasta la actualidad, pasando claro está por las legiones romanas, los visigodos y los árabes se han acercado a sus faldas, han quedado para siempre en la toponimia local, como el majestuoso Yelmo, quizás el emblema de la Pedriza, (conocido antiguamente por la Peña del Diezmo), un domo granítico abovedado de lisas superficies y paredes subverticales, descrito ya con su nombre actual por Alfonso X el Sabio en el libro de las Monterías en 1350, y que es visible desde Madrid en los días claros y soleados en los que la contaminación capitalina no cubre con su boina negra los cielos urbanos, los de la rampa de transición serrana y casi, los de la propia sierra.
Yelmo tan famoso como aquel de la invisibilidad de Hades robado por Perseo; o el de Ulises, de cuero recio y cinchas fuertes defensor de la testa de su dueño; o el yelmo que no bacía, más reciente de Mambrino, usado por el legendario Caballero de la Triste Figura en sus aventuras por los campos manchegos. Las Torres, la Dehesilla de la Silla, el collado de La Ventana o la Bola de los Navajuelos, hasta culminar en la Cabeza de Hierro, cumbre cimera como no podría ser de otra forma de los berruecos citados a 2383 metros de altura, o acaso son 2386, que viene a ser lo mismo. Sin olvidar los canchos, como el conocido Cancho de los Muertos refugio de bandoleros en la imaginería o certidumbre del paisanaje, Canto Cochinos, El Pajarito, la Campana, entre otras muchas pedreras, canchales o barruecos con nombres propios.
Si el roquedo es aparentemente lo más significativo de La Pedriza, la variedad de ecosistemas sustentados esencialmente por la vegetación sobre él, en ocasiones abriéndose paso entre los mismos riscos, lo caracterizan hasta conseguir la categoría de espacio único no sólo geomorfológico sino ecológico en todos sus aspectos.

Son muy abundantes en las zonas más bajas los alcornoques y los robles, con un estrato arbustivo formado por jaras, zarzas, retamas, tomillo, romero,… capaces de aromatizar la zona en varios kilómetros a la redonda, para pasar sucesivamente a un pinar abriéndose paso entre las rocas de cota media y culminar con los enebros rastreros y el piornal, adaptados de forma extraordinaria a la climatología más extrema de las cumbres.
De la comunidad animal merece destacarse al buitre, amo y señor de las alturas, la cabra montesa perfectamente adaptada al ambiente, el ciervo, gamo, corzo, jabalí, zorro, conejo, liebre y una extensa lista de poblaciones autóctonas no más importantes que los invertebrados que completan la biocenosis.
Por todo ello, desde Siringa recomendamos a los lectores la visita, siempre que se haga con los hábitos más respetuosos para tan singular paisaje.

domingo, 25 de mayo de 2008

MAR DE ONTÍGOLA.

Paraísos de Madrid se acerca hoy a otro bello lugar de la Comunidad de Madrid; el Mar de Ontígola, un mar tan peculiar que en su entorno las mariposas sustituyen a las gaviotas.
Situado en el sur provincial, a las afueras de Aranjuez. En realidad se trata de un embalse construido por Juan de Herrera en el siglo XVI, (1572) a instancias del rey Felipe II para el suministro de agua al Palacio y los jardines del Real Sitio. De reducidas dimensiones, presenta alrededor de setecientos metros de largo por ciento cincuenta de ancho y cinco de profundidad máxima, en unas 635 hectáreas de superficie.
Hoy en día, después de casi cuatrocientos cincuenta años desde su construcción, es un humedal donde prolifera la vegetación palustre con abundante presencia de carrizales, juncales y espadañas, que dan cobijo a numerosas especies de invertebrados además de reptiles, anfibios, aves y mamíferos.
Mimetizado actualmente en el paisaje yesífero destaca por sus especiales características ambientales que llevaron en 1994 a convertirlo en Reserva Natural junto con El Rejagal, la mejor muestra de coscojar de la Comunidad. Un espacio protegido por su especial interés entomológico, con numerosas especies de lepidópteros, algunas endémicas, considerado como la “quintaprioridad mundial de conservación de estos insectos”.
La Reserva El Rejagal-Mar de Ontígola alberga más de setenta mariposas diurnas y más de cuatrocientas nocturnas, un 10 % de las existentes en Europa, junto con novecientas especies de vegetales, más que las que existen en toda la Gran Bretaña. Pero además de Reserva Natural, se cataloga como Zona ZEPA, de especial protección de aves autóctonas y migratorias de los "Carrizales y Sotos de Aranjuez" y humedal protegido según la Ley de Protección de Embalses y Zonas Húmedas de 1990.
Si uno se aproxima a visitar este espacio debe recordar y, poner en práctica, las recomendaciones más exquisitas en relación con la conservación puesto que su equilibrio natural es de por sí precario al estar rodeado por una urbanización aún más exuberante que su vegetación.

miércoles, 23 de abril de 2008

CUEVA DEL REGUERILLO.

La belleza natural que en superficie ofrece la Comunidad de Madrid y que inspira el espacio Paraísos de Madrid dentro de Siringa Verde contrasta con otra, no menos bella y natural, que se presenta en su subsuelo. Es la cueva del Reguerillo. Situada en el cerro de la Oliva, enclave morfológico de tipo cuesta, desarrollado sobre rocas carbonatadas de edad cretácica situadas sobre otras metamórficas paleozoicas, que está diseccionada por el arroyo de Valdentales al O y el río Lozoya al E, en el término municipal de Patones, y bajo el que se ha desarrollado un complejo kárstico de unos 9 kilómetros de longitud con múltiples formas, esencialmente endokarsticas. Entre mediados los años 50 y los 80 del siglo XX se procedió, gracias a la actuación de diversos grupos espeleológicos de varias sociedades, a las labores de exploración sistemática que permitió el reconocimiento general de la cueva, la elaboración de su topografía y su investigación científica.


El conjunto de conductos y galerías se desarrolla en tres niveles o pisos, correspondiendo la entrada clásica por la zona del arroyo de Valdentales, en el primer piso, donde se abre el Vestíbulo que se ve en la fotografía elegida como ilustración, hasta la salida por el tercer piso al otro lado del cerro y sobre la presa del Pontón de la Oliva. El Vestíbulo da paso por una gatera como otras muchas que el visitante puede encontrar en su camino, (no debe extrañarnos el nombre, ¿acaso no son llamados “gatos” los habitantes de Madrid?), al Lago, un encharcamiento de galería fácil de salvar dejando a un lado un colapso profundo antes de llegar a dos salas amplias de las que parten dos caminos; uno conduce al Confesionario y a la sala del Misterio, sugerentes nombres para incluir de una manera u otra las formas fantasmagóricas de las figuras humanas a la luz del candil de carburo; el otro al Tubo, un conducto vertical que permite el paso al segundo nivel.

El resto de las estancias con sus formaciones geológicas asociadas, tienen nombres tan atractivos como el Tobogán, la Culada o el Jaboncillo, y permiten, ya en el nivel 2 atravesar el Laberinto para llegar al Dormitorio por la Directísima, y a la Gran Sala y de ahí a la Gran Vía, otro nombre con connotación castiza, desde donde es relativamente fácil acceder a ver las Piernas de Sofía, (dos bellas columnas pétreas en el camino), visitar un México muy distinto al de Agustín Lara, a la sala del Perro que Fuma, al Estribo, o al Órgano, directamente hacia la angosta salida sobre la presa del Pontón de la Oliva.

La Cueva del Reguerillo ha sido visitada desde hace 100.000 y hasta los 40.000 años antes del presente, tanto por animales como por humanos. Entre 1970-74, los estudios científicos llevados a cabo por Trinidad Torres mostraron la evidencia de huellas fósiles marcas de osos de las cavernas, (Ursus speleanus), de pinturas rupestres esquemáticas, restos cerámicos, así como numerosos grafítis, costumbre al parecer practicada desde hace siglos por visitantes madrileños y foráneos desde al menos el siglo XVII, que complementan la información que se tiene desde el año 1826, cuando el clérigo Sebastián Miñano, en el Diccionario Geográfico y Estadístico de España y Portugal la cita por primera vez.

Desde mi primera entrada en 1971 hasta la actualidad, tanto los geólogos como los espeleólogos madrileños hemos visto el ataque sistemático sufrido por la cavidad por gente escasamente cuidadosa, advenedizos del mundo subterráneo capaces de contaminar la laguna Estigia y poner en cuarentena al mismo Caronte y al can Cerbero, que han ido arrancando estalactitas y estalagmitas, dejando sus inmundicias o pintando en las paredes frases que avergonzarían a Abaddon, y que han ocasionado impactos graves, no se sabe si irreversibles.

En la actualidad la Cueva del Reguerillo ha sido cerrada por la Dirección General del Patrimonio de la Comunidad de Madrid en el intento de poder recuperar el valioso legado de la historia para el conjunto de la ciudadanía. Si bien no faltará quién considere la medida inapropiada y reclame su uso indiscriminado, independiente de las posibilidades más o menos remotas de que todavía aporte datos científicos de interés.

lunes, 7 de abril de 2008

LAGUNA DE PEÑALARA

Traemos hoy a este espacio uno de los lugares más emblemáticos de la Comunidad de Madrid: la laguna de Peñalara; que como vds. saben es una muestra excelente de laguna glaciar desarrollada en un circo de la idéntica génesis limitado por los correspondientes depósitos morrénicos, todos ellos de edad cuaternaria, y que está situada por encima de los 2000 m de altitud en el Parque Natural de su mismo nombre.

Y lo hacemos no para contar su historia geológica, sino para señalar una peculiaridad desconocida por muchos madrileños y foráneos a la vez que cierta, entre las muchas fábulas, historias y supersticiones atribuidas a ninfas, genios o animales exóticos y extravagancias varias que según dicen habitaban estos parajes. Y no es otra que su uso deportivo hasta un determinado momento, (inicio de la década de los años 90 del siglo XX), como piscina “más o menos olímpica”, de aproximadamente 80 metros de longitud y aguas limpias y cristalinas a 5 o 6 ºC, donde se desarrollaba tradicionalmente (70 ediciones) una travesía a nado por nadadores aficionados, excursionistas habituales y atletas consagrados del momento, que llegó a ser presenciada, incluso, por varios miles de personas.

Es lógico que, en aras a la conservación, tuviera que prohibirse a partir del año 1992, a instancia de los propios organizadores de la prueba; por otro lado los mayores amantes de la sierra madrileña, y que, siendo conscientes del deterioro del área por los fenómenos de erosión asociados a la eliminación de la cobertera vegetal, la compactación de los suelos de las laderas, la contaminación de las aguas, los procesos de eutrofización, además de la introducción inconsciente o desaprensiva de especies alóctonas en la laguna …; así se lo aconsejaron a los responsables administrativos del Parque Natural de Peñalara como medida de protección. Es evidente, que el deterioro sufrido en aquel momento, subsanado después, no puede atribuirse a un uso específico y concreto en exclusividad, el que significaba la travesía el primer domingo de agosto, sino a las facilidades que en su momento se dieron para el acceso al llamado macizo de Peñalara con la estación, actualmente desmontada, de Valcotos.

Por todo ello, es recomendable que el lector, además de acercarse al lugar para disfrutar de su belleza espectacular, y siempre con el debido respeto a la naturaleza y a las normas dictadas para su protección y conservación; se aproxime también a las historias de todo tipo que en relación con la laguna se encuentran en los distintos medios de comunicación, no menos bellas y sugerentes.

miércoles, 27 de febrero de 2008

Bad-lands.


Desde la exuberancia verde del hayedo de Montejo o del parque por excelencia de Madrid, nos vamos en esta ocasión a la belleza singular de las tierras yermas de la Comunidad, tierras peladas, erosionadas activamente por la acción de las aguas de escorrentía superficial; denominadas precisamente por ello, tierras malas (bad-lands), del Pontón de la Oliva, en el este de la provincia de Madrid en la linde con la de Guadalajara.
Las luces y las sombras del Sol del medio día, casi en la cresta del duro sendero por el que se asciende a la cima, dan al lugar un aspecto fantasmagórico, de misterio, entre los capirotes que forman los pináculos de roca coronados por conglomerados majestuosos que pretenden perpetuarse en la vertical, (chimeneas de hadas) y las cárcavas cada vez más profundas que acaban por entrelazarse para formar una torrentera única que desemboca bravamente en épocas dinámicas en el río Lozoya que corre por su base después de salvar la presa del Atazar y la menos funcional del Pontón.

sábado, 9 de febrero de 2008

Casa de Campo.


Hayd Park, Central Park, Bois de Boulogne..., son algunos de los tantos y tantos parques urbanos de los que presumen, posiblemente con razón, las principales capitales europeas y mundiales. Sin embargo, La Casa de Campo de Madrid es, tanto por ubicación, en el centro de la ciudad, como por dimensiones, posiblemente el mayor parque urbano del mundo, un lugar privilegiado al que con todos los respetos no pueden llegar otros.

Es lugar de encuentros atléticos, crisol de ilusiones de victorias personales en maratones lejanos; ruedo de lances imposibles al viento de toros imaginarios; mar interior de rápidas piragüas en competición con patos veloces bordeados de sabios pescadores sin muerte y cormoranes activos, alegría infantil alimentando carpas gigantescas; piletas de recreo y competición en medio de sugerentes propuestas gastronómicas para reponer fuerzas; Liceo de notas agudas al ritmo de carpinteros en la percusión, Garabitas-Montirolos rompe piernas de Induraíns, Pereiros o Contadores anónimos, ecosistema ideal para paseos y picnic relajantes, con posibilidad de viajes imaginarios a otros con faunas exóticas, lugar de encuentro de juventud ávida de emociones fuertes en cacharros voladores, y muchas cosas más que para muchos de nosotros es, el mejor parque del mundo.